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Reflexiones de fin de año…

Hay pocas dudas de que el año 2020, cuando sea mirado con perspectiva histórica, tendrá una resonancia particular. La situación de pandemia, permeando con viscosidad inmanente la vida entera, no sólo ha dejado su estela sobre los meses que han quedado atrás, sino que proyectará sus efectos en los años por venir. Detrás de la crisis, la enfermedad, la agonía y la angustia; también ha habido destellos de transformación y creatividad, cuyo impacto en la educación, en el trabajo y en las Humanidades experimentamos en carne viva. En este sentido, hay ciertas cosas que cabe recalcar:

En primer lugar, pasada la novedad de la innovación tecnológica, de las reuniones a través de plataformas virtuales, de una interacción codificada en ceros y unos con estudiantes, familiares y amigos; el ser humano – como era de esperar – anheló presencialidad, materialidad, contacto y cercanía. Esto indica algo de nosotros y que, por más que la corriente tecnófila intente naturalizar lo innaturalizable, deseamos una vida de comunidad y de interacción donde nuestros cuerpos juegan un rol fundamental.

Manuel DeLanda, filósofo de la Columbia University, comenta que la materialidad configura de forma radical lo que somos, no sólo porque hacemos sentido del mundo que nos rodea a través de los sentidos, sino porque sociabilizamos con acciones que van mucho más allá de las fonías con las que nos comunicamos. Gesticulamos, abrazamos, acariciamos, golpeamos objetos, nos trasladamos espacialmente de un lugar a otro. Y por eso, en alguna medida, situarnos frente a una pantalla es perder parte de lo que somos. Las vacunas anunciadas son, al mismo tiempo, una reintegración ontológica de algo esencial que se fue durante un tiempo y que confundió y agotó los recursos que acostumbramos a utilizar para hacer sentido de la realidad que tenemos en frente.

Por otro lado, la situación de pandemia nos enfrentó a una crisis de magnitudes insospechadas. Y si bien es cierto que eso contribuyó a acelerar e impulsar transformaciones cruciales para la mantención de la educación, también nos acercó a temas incómodos, aquellos que solemos obviar, pero que, paradójicamente, siempre están con nosotros, lo queramos o no. El virus transparenta lo que siempre hemos sabido: somos mortales y la muerte nos rodea por entero. Pero cuando aquella mortalidad que se concibe lejana se acerca a tu grupo, a tu círculo o a uno mismo, obliga a replantear la pregunta que en su momento se hizo Epicuro, Aristóteles, Spinoza y Camus: ¿cuál es el sentido? Esto, que puede sonar muy abstracto, y que algunos consideran hasta innecesario, ha resultado ser fundamental en el desarrollo de las Humanidades este año. No tanto porque puedan dar respuestas definitivas y contundentes a la pregunta, más bien porque permiten abrirnos a herramientas conceptuales y teóricas que nos trazan un camino de reflexión, de reconsiderar preguntas fundamentales y problematizar aquello que damos por sentado, y que de hecho dimos por sentado hasta que todo cambió.

Finalmente, los ajustes de este período han derivado en una situación de enorme agotamiento. Sin duda, en estas circunstancias, el valor de los equipos y grupos humanos se transforman en un activo de enorme valor. El Instituto de Humanidades intentó estar a la altura de lo que la Universidad del Desarrollo requiere, pero nada del trabajo de este año hubiese sido posible sin un equipo absolutamente extraordinario, que logra combinar el perfeccionismo, la ética profesional y el esfuerzo, con una profunda nobleza personal.

Es posiblemente esto, más que ninguna otra cosa, lo que permitió superar los desafíos presentados y terminar el año con un sentido de satisfacción por el trabajo realizado.

Guido Larson Bosco

Director Instituto de Humanidades