Juana de Arco: de guerrera a santa

Para homenajear los 100 años de su canonización, te invitamos a leer la reflexión que hizo nuestro profesor, Eduardo Andrades Rivas.

Cuando hace casi 100 años, su Santidad Benedicto XV canonizó a la joven doncella Jeanne d’Arc o Juana de Arco como santa y la incorporó formalmente en el calendario romano, se completó un largo proceso de reparación histórica y moral sobre una figura que marcó su tiempo, su nación y a la Cristiandad entera. Es el caso único y fascinante de una joven analfabeta y campesina, que se convirtió en soldado y que ascendió a los altares como Santa y Patrona de Francia.

No conocemos su fecha exacta de nacimiento, pero por las declaraciones de la propia Juana pensamos que pudo nacer en algún momento de 1412. Hija de una familia de medianos agricultores, no padeció de privaciones notorias en su niñez, pero tampoco vivió en la abundancia, como la gran mayoría de sus contemporáneos en un país invadido y en guerra permanente.

La joven, que experimentó visiones de los santos desde su primera juventud, vivió en un tiempo de gran agitación y ruina para Francia, la Guerra de los 100 años, que enfrentó al rey francés con su primo, el rey de Inglaterra, por el trono de San Luis.

Más allá de las razones que dieron origen al conflicto y que se decantan en favor de la tesis inglesa, la intervención de la joven Juana, armada solo con su portentosa Fe, permitió a Francia dar vuelta las tornas del conflicto. Llamada con admiración “La Doncella de Orleans”, Juana derrotó reiterada y sucesivamente a los ingleses y permitió que el Delfín fuera coronado en la Catedral de Reims como Carlos VII el 17 de julio de 1429.

Guiada por una voluntad de hierro y dotada de una gran capacidad de persuasión, se impuso a los generales que la rodeaban, desterró de los ejércitos franceses las malas palabras, los vicios y los reemplazó por misas de campañas, que se celebraban en medio del silencio más impresionante de miles de rudos soldados.

En combate solo portaba su estandarte, una bandera blanca con la imagen de Nuestro Señor. Ella atribuía su éxito a los santos que la habían conminado a llevar adelante su encomienda, la coronación del Delfín y la liberación de Francia. Completó su serie de triunfos con la gran victoria de la Batalla de Patay en donde las armas francesas tomaron revancha de las derrotas de Poitiers, Crecy y Agincourt.

Pero su estrella menguó por culpa del mismo Rey al que ella había creado. Débil, cavilante y venal, Carlos VII no estaba a la altura de la responsabilidad que Dios y la Doncella habían arrojado sobre sus hombros. No quiso recobrar París y dio largas mil y una veces para culminar las campañas que habrían expulsado a los ingleses y derrotado a los borgoñones.

Fue hecha prisionera por Juan de Luxemburgo en el sitio de Compiegne. El borgoñón la entregó por una suma sideral a los ingleses. John de Lancaster, duque de Bedford ordenó que se le siguiera un juicio y se la condenara. Encargado del mendaz proceso fue Pierre Cauchón, el infame conde obispo de Beauvais. En este juicio, viciado de comienzo a fin por la venalidad de los jueces y abogados, Juana se defendió como pudo. Reclamó ser juzgada en Roma por el Sumo Pontífice en Roma, pero su apelación se le denegó ilegalmente.

Condenada a muerte, fue entregada a sus verdugos que la quemaron en la hoguera por orden del regente inglés. Era el 30 de mayo de 1431 y tenía apenas 19 años.

Años después, más por razones políticas que por verdadero celo por la justicia, Carlos VII pidió al Papa que se revisara y anulara el juicio. Era necesario pues los ingleses sostenían que al haber sido Juana quemada como bruja, su gran obra, la coronación de Carlos, era inválida. El Papa Calixto III accedió finalmente, y se revisó por entero el proceso. La nueva investigación probó las múltiples falsedades del proceso que Cauchón había presidido. Finalmente, el Santo Padre la declaró inocente y Mártir.

Fue beatificada el 18 de abril de 1909 por el Papa San Pío X y canonizada el 16 de mayo de 1920 por Benedicto XV.

 

Eduardo Andrades Rivas

Doctor en Historia del Derecho, UNED. España
Profesor Universidad del Desarrollo