En tercera Charla "El Clandestino", el escritor Braulio Fernández nos llevó a la época del teatro isabelino, descubriendo la gran intensidad, libertad, pasión y movimiento de la obra de William Shakespeare

Palabra y libertad en las tablas: la dimensión de lo humano en la Literatura a partir de Shakespeare:

Tres mil personas al aire libre, de las cuales muchas rodeaban el escenario por todos sus lados.  Comían y bebían antes y durante la obra. Los actores, sólo hombres, se dirigían a tamaño público sin micrófono; representando papeles masculinos y también femeninos. Las mujeres no podían actuar en el reinado de Isabel I de Inglaterra (1558 a 1603).  Ello es algo de la atmósfera del teatro isabelino, cuya gran protagonista, sin duda,  fue William Shakespeare, dramaturgo inglés, quien supo representar con maestría la complejidad del ser humano: en su lado claro y oscuro; en su grandeza y su bajeza, según explicó Braulio Fernández, escritor, traductor y director del Instituto de Literatura de la Universidad de Los Andes. “Entre nosotros y el teatro de Shakespeare existe una distancia asombrosa”, explicó durante la segunda Charla “El Clandestino”, el miércoles, 21 de septiembre.

Estábamos en una Londres de 12 mil habitantes, de los cuales 85% eran analfabetos, “por lo tanto toda la información era transmitida en la palabra”, explicó Fernández, estando el teatro, la homilía en la misa dominical, la familia entre sus principales vehículos. “Es la palabra puesta en el mundo real; un teatro fundado en la palabra”, concuerda Armando Roa, director del Instituto de Humanidades de la Universidad del Desarrollo, quien moderó esta conversación sobre el sentido a partir de Shakespeare. Una charla, que en su transcurrir fue retirando la máscara de gravedad, que cubre el rostro del Shakespeare, que solemos conocer; del que nos enseñan en la escuela. “Shakespeare no es solemne, triste. Es de gran intensidad. Es naturaleza, libertad, pasión, movimiento”, definió Fernández.

“¿En qué momento se enajenó el teatro en la Educación?”, preguntó Patricio Caro, alumno de Tercero Año de Medicina de la UDD, quien recordó cómo distante y árida fue la enseñanza sobre Shakespeare en su colegio en Chillán. “Es una tragedia”, concordó Fernández, quien preguntó: “¿por qué no construimos un The Globe en Chile? La respuesta quizás sea la misma de porqué tan poco se ha representado a obras de Shakespeare en el país: el temor, el desgano o una mezcla de ambos actores. De hecho, Fernández recordó que fue en 1942 cuando se realizó la última función de Shakespeare en Chile.

Fernández explicó que, a medida que el escenario se aleja del público, la experiencia teatral es cada vez más distinta a lo largo de la Historia. Con el tiempo, los teatros pasaron a ser techados para facilitar el cobro de las entradas, que partieron entre uno a tres pequines, en la época isabelina. Fue un teatro que tenía 45 estrenos al año, sólo durante el día, sin presentaciones en Cuaresma; suspensiones cuando ocurrían pestes y un cierre del año 42 al 60 por parte de los puritanos.

Pese al tiempo, aún se buscan explicaciones para Hamlet. Millones de estudios son publicados sobre el personaje y obra de Shakespeare, siendo imposible estar al día, según Fernández. “Somos un misterio. Estamos llenos de contradicciones. ¿No será esa la simples explicación para Hamlet?”, indaga Fernández. Al final, “encontramos más preguntas que respuestas en Shakespeare, como en todo gran artista”.

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