Homenaje a Gabriela Mistral a 126 años de su nacimiento

Nacida en abril de 1889, Lucila Godoy Alcayaga, es una de las exponentes más destacadas de la literatura chilena. Sus obras poéticas la hicieron merecedora del único Nobel de Literatura (1945) femenino de América Latina, y uno de los dos galardones de este tipo a nivel nacional.

La poetisa, más conocida por su seudónimo Gabriela Mistral, tiene sus orígenes en Vicuña, poblado de la IV región. Su padre, profesor, y su media hermana mayor, fueron sus primeros acercamientos a la enseñanza que posteriormente la consolidaron como una gran maestra a nivel nacional validando sus conocimientos en la Escuela Normalista convirtiéndose en profesora de Estado a pesar de no haber cursado estudios formales. Demostró su gran capacidad como educadora en numerosas instancias, siendo una de las más importantes su contratación por el Gobierno de México para crear las bases de su sistema educacional, las que aún se mantienen vigentes en esencia pues se ha actualizado solo a través de algunas reformas.

Su trayectoria como poetisa la hizo merecedora de distinciones nacionales e internacionales, además de ser influencia para poetas como Pablo Neruda a quien conoció en su paso por la Araucanía. En Chile se la conoce principalmente por sus rondas y cantos infantiles, mas su producción es mucho más amplia y es la que la perpetúa como una de las voces más importantes de la poesía universal. Ejemplo de esto son los Sonetos de la Muerte, con los que ganó los Juegos Florales de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile en 1914.

LOS SONETOS DE LA MUERTE

I

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,

te bajaré a la tierra humilde y soleada.

Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,

y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

 

Te acostaré en la tierra soleada con una

dulcedumbre de madre para el hijo dormido,

y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna

al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

 

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,

y en la azulada y leve polvareda de luna,

los despojos livianos irán quedando presos.

 

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,

¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna

bajará a disputarme tu puñado de huesos!

 

Gabriela Mistral, en Desolación. 

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